Chandler, usuarios, libros, bibliobuses y bibliotecarios imaginativos


…El fin de semana se presentaba gris y lluvioso. Tras la ventana sólo se veía algún que otro ciudadano despistado que aún no se había dado cuenta de que no era una buena tarde para pasear. Yo llevaba un buen rato con la mirada fija en el techo, pensando en cualquier cosa mientras esperaba que la puerta se abriera y que por el dintel apareciese un nuevo caso…

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Sí, como pueden estar pensando, esta entrada del blog va de detectives, novela negra, cine de los 40. Pero la entradilla de antes no describe a Sam Spade, Philip Marlowe o Pepe Carvalho. Se refiere a mí, a un bibliotecario un viernes por la tarde dentro de un bibliobús. Y la historia sigue así.

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…Nada más escuchar los pasos en la escalera sabía que no iba a ser fácil. Bajé los pies de la mesa, me arreglé el flequillo en el espejo con un poco de saliva y puse en alerta todos mis sentidos. Más o menos lo que tiene que hacer un profesional si pretende vivir de ésto dignamente. Se abre la puerta, dos hombres, caucasianos, uno de cincuenta y tantos y el otro de diecipocos, por la forma de tratarse entre ellos se nota claramente que ninguno de los dos tiene muchas ganas de hablar, pero el tono me indica que aún conservan cierto aprecio el uno por el otro. Algo loable entre padres e hijos adolescentes en los tiempos que corren. En cuanto subieron el último peldaño, los ojos del chaval se clavaron en la sección de cómic. El hombre soltó un lacónico buenos días y paseó la mirada aburrida por las estanterías de novela…

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Sí, vuelven a acertar, parecen clientes de un detective de Los Ángeles, pero no lo son. Se trata de usuarios perdidos en un bibliobús un viernes por la tarde. Habrá que romper el hielo, digo yo.

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…Me acerqué al chico con la excusa de ordenar un poco una sección y me percaté de que tenía las uñas manchadas de tinta, los comics que escrutaba a través de sus gafas, muy cerca de su cara, la tez blanquecina, el aspecto desaliñado y algo anticuado para su edad eran pistas suficientes para saber que pasaba largos ratos sentado en su mesa, dibujando y leyendo. Saqué un libro de la estantería alta y lo dejé caer con energía sobre el mostrador. El chico dió un respingo. -Aquí tienes lo que buscas, hijo- le solté, sin más preámbulos.

Como observarán, esta delirante entrada que todavía no sé hacia dónde me dirige se está convirtiendo en una recomendación bibliotecaria. Pero pretendo que sea algo más.

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…El chico levantó la mirada hacia mí y volvió al libro rápidamente, en un segundo había comenzado a examinarlo con  la avidez de los buitres sobre la carroña.

– Me sirve para copiar – balbuceó, – Pero, la historia, no sé, gansters, mafias, demasiado viejuno, ¿no?

-Chico, lee la primera viñeta y verás, Bernet es el mejor en lo suyo, y Abulí le va a la zaga. Hazme caso, llevo años en esto, conozco el genero y te conozco a ti. Sólo te falta un empujoncito y las lecturas correctas -.

…El padre escuchaba la conversación y mientras tanto parecía buscar algo con interés. De pronto se detuvo en uno de los anaqueles, sacó un libro y lo sacudió con el brazo en alto durante un segundo mientras nos miraba con una sonrisa.

-Mira, hijo, con lo que tú llevas y éste de aquí, tenemos material para varias semanas. Y así podemos intercambiarlos, nos vamos a hacer expertos.

…El hombre había hecho varias buenas elecciones, la primera, traer a su chico al despacho adecuado, y luego, acertar con el libro. Chandler, mi preferido, imposible equivocarse.  Los dejé durante unos minutos, todo comenzaba a encajar y aún no había ni empezado la tarea…

Bueno, el texto sigue y el estilo “noir” parece querer acabar del todo y para siempre con el sentido de esta entrada en un blog sobre bibliotecas móviles. Pero no, mentes pensantes, soy un bibliotecario haciendo valer la colección que transporta por las carreteras de Málaga. Y quiero hacerlo de manera diferente. Así que no pienso renunciar. Nunca se abandona un caso hasta el final.

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…El chico parecía dudar. Al final iba a ser verdad que le faltaba un empujoncito. Me acerqué a la estantería de materias y antes de que se diera cuenta ya le había asestado el golpe definitivo. De sopetón, le puse en el entrecejo la prueba que faltaba para que tuviera un fin de semana completo.

        …con un manual de dibujo y entintado de calidad y Joe Kubert con sus armas calibradas, lo del chaval era pan comido. Estaba tan enfrascado en lo que le había enseñado que ni levantaba la cabeza. Ahora quedaba el padre, algo distraido, con su libro de Chandler en la mano y sin saber que le iba a resolver el caso sin tener casi que explicarlo. En dos movimientos rápidos le dejé caer en la mesa la película “El sueño eterno” del maestro Hawks y un disco de Ella Fiztgerald. -Te cansarás de leer- le dije, guiñándole un ojo – puedes poner un DVD para alternar sin salirte del tema. Quizá con tu chica, el sábado por la noche -. El anillo en el dedo me confirmó que era casado y el brillo en la mirada al oír mi comentario, que aún seguía enamorado.  -Puede que la Sra. Fitzgerald me ayude a poner la guinda a este pastel que estamos cocinando aquí – contestó, sonriente.

… el caso había terminado como empezo. Los clientes salieron por la puerta satisfechos y convencidos de que no iban a tener problemas durante un tiemp0. Confiaban en mí. Aunque era yo quien tenía más confianza en ellos. Volverían, debía estar preparado. Descolgué la gabardina del perchero, me subí el cuello  y me calé mi sombrero. Fuera comenzaba a llover. Encendí el primer cigarrillo del día, cerré el “despacho” con llave y empecé a caminar a paso lento mientras pensaba en como titularía este caso en mi diario. Algo así como “Trouble is my business”.  [Panorámica hacia atrás, contrapicado, fundido a negro, entra cartela…THE END]

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2 comentarios en “Chandler, usuarios, libros, bibliobuses y bibliotecarios imaginativos

  1. Ni que decir tiene que no acostumbro a mirar al techo con los pies sobre la mesa, mirando al techo. Y mucho menos a peinarme el flequillo con saliva. Aclaración necesaria para los malpensantes. JJJ

  2. Una escena con una cadencia y una tensión muy bien llevada. No me convencen los bibliotecarios que no se mojan, y se callan como témpanos de hielo cuando alguien, solo con la mirada, te está requiriendo. Claro, que a veces luego tienes que aguantar que algunos te echen en cara que no has acertado. Pero aún así sigues insistiendo.

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